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| El ejemplo de la abeja |
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| Escrito por Enrique Chaij |
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El ejemplo de la abeja ¿Ha tenido usted la oportunidad de estudiar o de observar la vida de las abejas? Es admirable como viven y trabajan. Su instinto las lleva a trabajar casi sin cesar, con una perseverancia, una diligencia y una productividad que asombra al más indiferente. La vida de la abeja es corta: no pasa los cincuenta días. Y durante ese tiempo alcanza a producir unos 25 gramos de miel. Para llenar el recipiente de un litro de miel en un día, ¿podemos imaginar cuantas abejas se requieren? Se afirma que para producir apenas medio litro de miel, las abejas hacen 2.700.000 viajes de flor en flor, y recorren 8.000.000 de kilómetros. Frente a estos datos, cuan llamativo resulta encontrar junto a la noble abeja la presencia del zángano, el insecto macho que no produce miel, que no se gasta trabajando, y que es un símbolo del hombre holgazán que vive del trabajo ajeno. ¡Que contraste entre la abeja y el zángano! Y este mismo tipo de contraste, ¿no se advierte también entre los seres humanos?
Pero como sucede en el mundo de las abejas, quienes se mueven constructivamente destilan la miel de sus buenas acciones, y con ellas endulzan la vida ajena y labran el bienestar propio. Son como las abejas: se mueven con empeño y laboriosidad. ¿Y que diremos de los otros? Si, podrán llevar una vida mas liviana, aparentemente mas placentera, pero en el fondo sintiéndose inútiles y fracasados. Cuanto más progreso y felicidad tendría la gente, si no existieran los flojos y los holgazanes, y si los que son realmente activos se ocuparan en hacer solo lo bueno. El rey Salomón declara que “dulce es el sueño del trabajador”. Pero no solo descansa mejor por la noche, sino que además durante el día disfruta de un espíritu tranquilo y satisfecho. Y al que tiene alma de zángano, el mismo autor bíblico le dice: “Ve a la hormiga, OH perezoso, mira sus caminos, y se sabio” (Proverbios6:6) Dios bendice a quienes son diligentes en el cumplimiento de su deber, y a quienes no colocan injustamente sus responsabilidades sobre otros. Dentro de nuestra respectiva esfera de acción, todos tenemos una determinada función que cumplir, a la cual no podemos renunciar sin crear malestar en los demás. El padre, la madre, el hijo, el estudiante, el obrero, el empleado, el profesional, el empresario, todos gozamos y realizamos con eficiencia nuestros trabajos cotidianos. Dios, el trabajador por excelencia, nos asigna cada día una cuota de actividades y tareas que es nuestro privilegio realizar con alegría. Además, el mismo nos da las fuerzas y el estimulo para vivir de esta manera. ¡Muchas gracias por tu noble ejemplo, abejita laboriosa! Tomado del libro "Había una vez un zoológico" de Enrique Chaij
Había una vez un zoológico
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